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El sargento que nadie quería, pero todos siguieron

Por Gerardo Cornejo
Muy interesante la nota, que analiza otras consecuencias de la desagradable personalidad del presidente, en el concierto internacional de la tumultuosa política de nuestros tiempos.
La nota descubre y describe una personalidad irritada e irritante, que no puede producir mas que un gran desagrado y el rechazo a un personaje al que cuesta escuchar sin tentarse de apagar la radio o el televisor.

A todos nos desagradan sus modales, sus groserías, su incapacidad para tolerar opiniones distintas a la suya y sus agresiones para casi todo el mundo.

Esas actitudes histriónicas finalmente terminaron por iluminarme respecto a quién me recordaban; finalmente trajeron a mi memoria la figura del sargento instructor de cualquier fuerza armada, en cualquier país.
También me hicieron recordar, (como veterano de la guerra antisubversiva, que me tocó de algún modo presenciar, como parte, en mis últimos tiempos bajo la bandera Argentina) alguna cosa que oí, en una noche a fines de 1976 por parte de un compañero de la unidad en la que fui incorporado y que volvía del frente de combate en el monte Tucumano.

Se reunían en Mendoza las secciones que volvían de Tucumán, con las que esperaban embarcarse con ese destino y como en toda conversación de soldados de cualquier tiempo y en cualquier país, compartíamos las quejas respecto de los suboficiales que nos mandaban.
En un momento, uno de los recién llegados nos contó una experiencia en la que, con un pelotón de nuestra compañía, (una unidad de ingenieros) habían sido enviados a reparar un pequeño inmueble rural, junto con un sargento al que nunca habíamos visto sonreír, cuya boca se abría solamente para descargar los denuestos más irrepetibles sobre sus subalternos e inventar los modos más crudos e irritantes para imponernos su grado, la instrucción y la disciplina militar.

Nos contó que ese tipo impávido, pero terriblemente malhumorado y duro, al que todos detestábamos, los había sacado de una encerrona que les había tendido el ERP en una sala de primeros auxilios que estaban arreglando con un pequeño grupo de la unidad de ingenieros militares que integrábamos; combate que duró desde las cinco de la tarde de ese dia hasta que oscureció.

Qué durante todo ese tiempo, el sargento no dijo ni cinco palabras, salvo para carajearlos a todos, propios y contrarios.

Qué cuando la noche cayó, los sacó a todos arrastrándose en medio de un tiroteo, del que salieron siguiéndolo cuerpo a tierra y arrastrándose a través de una serie de pastizales, zanjas, barro y cruzando por abajo puentes y vaya a saber qué otras cosas.

Que, en un momento dado, los mandó ponerse de pie en la oscuridad y después de verificar que estaban todos, los llevó trotando hasta una ruta asfaltada en la que encontraron una camioneta que pasaba y que los llevó hasta Famaillá.

Todos nos quedamos sorprendidos con los que nos había contado y le preguntamos lo obvio: qué había sentido en todo ese episodio.

Nos dijo que no había sentido ni pensado en nada. Que sólo había obedecido ciegamente las indicaciones del Sapo (el sobrenombre que le habíamos dado a ese sargento grosero, desagradable y maleducado).
También nos dijo que él creía que no se había perdido ni uno solo de sus compañeros ni él, gracias a que le tenían más miedo al Sapo que a los guerrilleros y que ninguno dijo ni una palabra hasta que llegaron a buen resguardo.
Antes de despedirse esa noche me dijo que había entendido para que servía el Sapo. Que no querría volver a pasar eso con nadie, salvo con aquel sujeto detestable.

Aquí hemos pasado tiempos muy contradictorios y sus batallas nos han dejado secuelas a todos.

La década de los 70, su violencia y la derrota militar del terrorismo en el mismo campo de batalla que había elegido, terminó con la victoria electoral de los derrotados, con toda su ideología cargada de odio y resentimiento, que se fue incrementando para derramarse sobre toda la sociedad, desde la llegada al gobierno de Alfonsín, hasta el presente.
Hemos visto que cuando se ha votado a candidatos sensatos, serios y bien educados, han respondido a una oposición violenta con indecisión y actitudes vacilantes que nos han costado el regreso al populismo y sus terribles consecuencias.

Esta reflexión no es para apoyar al presidente ni a su partido, por los que no siento ninguna simpatía, pero no dejo de advertir que este energúmeno no va a vacilar en enfrentar las consecuencias de su mandato por el temor a romper las reglas, como les ocurrió a Macri en nuestro país y a Piñera en Chile.
Quizás, el precio que debamos pagar para salir de estas décadas infames que nos separan de la guerra austral, sea el tener que soportar las groserías e impertinencias de este mandatario al que nadie quiere, pero al que todos están dispuestos a seguir para salir de la encerrona política del populismo.

Después de dos siglos de besamanos en las cancillerías, quizás llegue también el tiempo de cambiar el frente de búsqueda para la recuperación de las islas Malvinas.

La degradación y decadencia europea de la que el Reino Unido es solo un reflejo, nos permite asomarnos a un futuro en el que los medios económicos van a resultar más escasos que nunca y el sostener una posesión tan lejana sin el apoyo del tío Sam, por lo menos impracticable.

Mientras escucho las críticas al presidente, que detesto, suspendo la mía, para darle una nueva mirada a la realidad, siempre cambiante.
No sea que por escapar de este sargento maleducado, caigamos en las garras de aquellos que han vuelto a nuestro país una sombra irreconocible de lo que éramos hace casi medio siglo.


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Este testimonio responde al editorial «Antes de mirar las Malvinas, convendría mirar la Argentina», publicado en El Canillita.info


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