
La presa de las Tres Gargantas es demasiado grande para ignorarla y demasiado importante para convertirla en una cadena de WhatsApp. Entre quienes aseguran que la monumental obra china se está desplazando y podría provocar una catástrofe inimaginable y quienes despachan cualquier inquietud como fantasía de Internet, queda un espacio bastante menos espectacular pero mucho más útil: el de los hechos.
Y los hechos comienzan por reconocer la dimensión del animal.
Construida sobre el río Yangtsé, Tres Gargantas es una de las mayores obras hidroeléctricas realizadas por el hombre. Su presa se extiende por más de dos kilómetros, contiene un embalse gigantesco y forma parte de un sistema energético, hidráulico y de navegación cuya importancia para China resulta difícil exagerar.
Una construcción semejante no es una maceta apoyada sobre una mesa. Está sometida a enormes presiones, variaciones del nivel del agua, cambios de temperatura y movimientos que deben ser medidos permanentemente. Que una presa registre deformaciones o desplazamientos no significa, por sí mismo, que esté a punto de romperse. Precisamente por eso las grandes obras se llenan de instrumentos: para medir aquello que el ojo humano no puede ver y determinar si el comportamiento permanece dentro de los márgenes previstos.
Aquí conviene sacar del bolsillo una palabra que Internet suele olvidar: milímetros.
Hace años circularon imágenes satelitales en las que la presa parecía haberse deformado de manera alarmante. Aquellas imágenes alimentaron titulares y profecías. Las explicaciones técnicas señalaron que parte de esas aparentes deformaciones correspondían al procesamiento de las imágenes y que los movimientos reales registrados en la estructura eran muchísimo menores.
Eso no convierte a Tres Gargantas en inmortal.
La región del embalse presenta problemas geológicos auténticos y ampliamente estudiados. Deslizamientos, inestabilidad de laderas, erosión y los efectos de las variaciones periódicas del nivel del agua forman parte de una realidad que científicos chinos e internacionales continúan investigando. Durante 2026 se publicaron nuevos trabajos precisamente sobre la susceptibilidad a deslizamientos y la seguridad geológica de la zona.
China, además, continúa destinando recursos a la vigilancia del embalse y de las áreas circundantes. Hay sistemas de observación, programas de prevención de riesgos geológicos y nuevas tecnologías destinadas a detectar deformaciones. No parece precisamente el comportamiento de quien considera que el hormigón, una vez vertido, adquiere ciudadanía celestial.
Pero de allí a afirmar que “la presa se está desplazando” como anuncio de una rotura inminente existe un trecho bastante más ancho que el propio Yangtsé.
Y todavía mayor es el salto necesario para asegurar que una eventual rotura “se llevaría puestos a 400 millones de chinos”.
Una cifra semejante impresiona. Precisamente por eso necesita algo más que un mensaje reenviado.
Calcular las consecuencias de la rotura de una gran presa exige conocer el volumen y nivel del embalse en ese momento, el tipo y velocidad de la falla, la topografía aguas abajo, la propagación de la onda de inundación, las defensas existentes, los tiempos de evacuación y la distribución de la población. Sin un estudio técnico que sostenga semejante número, los 400 millones pertenecen por ahora al territorio de las afirmaciones, no al de los hechos comprobados.
Esto tampoco autoriza a mirar hacia otro lado.
Tres Gargantas concentra una cantidad extraordinaria de agua sobre una región densamente poblada y económicamente fundamental. Una avería grave tendría consecuencias enormes. Justamente por eso su seguridad merece vigilancia permanente, información pública verificable y análisis independientes. Cuanto mayor es una obra, menos conveniente resulta sustituir los instrumentos de medición por actos de fe.
Hay además una particularidad inevitable: buena parte de la información operativa procede de organismos y entidades chinas vinculadas directa o indirectamente con el propio sistema. Sus datos deben ser considerados, pero no convertidos automáticamente en palabra revelada. La prudencia periodística funciona en ambas direcciones: tampoco una sospecha se convierte en prueba simplemente porque desconfíe de Pekín.
Entre “no ocurre absolutamente nada” y “400 millones de personas están condenadas” existe un continente entero llamado realidad.
Allí es donde conviene permanecer.
La presa de las Tres Gargantas debe ser observada, estudiada y controlada durante toda su vida útil. Los riesgos geológicos de su entorno existen. Los movimientos estructurales se miden. Las laderas del embalse requieren vigilancia. Y una infraestructura de semejante escala jamás debería quedar fuera del escrutinio técnico.
Pero hasta que aparezcan evidencias verificables que indiquen otra cosa, afirmar que el gigante chino está avanzando hacia su ruptura sería confundir prevención con profecía.
Las presas necesitan sensores.
El periodismo, también.
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