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Cuando pensar se vuelve opcional

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Hay una escena que hasta hace poco pertenecía a cualquier universidad del mundo. Un estudiante no entendía un problema. Lo intentaba. Se equivocaba. Volvía a intentarlo. Preguntaba al compañero. Discutían. Ninguno sabía demasiado. Finalmente aparecía un profesor, un ayudante o algún iluminado que había entendido la página 37.

Era lento, incómodo y maravillosamente ineficiente.

Se llamaba aprender.

La inteligencia artificial ha introducido una pequeña revolución en esa ceremonia. Ahora, entre la pregunta y la respuesta puede haber apenas unos segundos. El problema ya no consiste necesariamente en encontrar una solución. Consiste en determinar si quien recibió esa solución aprendió algo durante el trayecto.

El Massachusetts Institute of Technology —precisamente una institución que difícilmente pueda ser acusada de hostilidad hacia la tecnología— decidió preguntárselo en serio.

En enero creó un comité dedicado a estudiar el uso de la inteligencia artificial en la enseñanza, el aprendizaje y la formación de investigadores. En agosto presentó sus conclusiones. Y el diagnóstico tiene una virtud infrecuente en estos tiempos: no propone declarar la guerra a las máquinas.

Propone defender al ser humano.

Porque existe una diferencia enorme entre utilizar una herramienta para pensar mejor y utilizarla para evitar pensar.

La primera multiplica capacidades. La segunda puede atrofiarlas.

Una calculadora permite resolver operaciones sin repetir mecánicamente determinados cálculos. Un navegador permite encontrar en segundos aquello que antes exigía horas de biblioteca. Nadie sensato propondría regresar al ábaco o quemar Internet para salvar la civilización.

Pero la inteligencia artificial introduce algo distinto.

No solamente calcula o busca.

Argumenta. Resume. Relaciona. Explica. Escribe. Sugiere. Corrige.

Y, sobre todo, responde.

Ahí aparece una frontera delicadísima: el estudiante puede utilizar la respuesta para avanzar en su razonamiento o puede entregar a la máquina precisamente el razonamiento que debería ejercitar.

Es la diferencia entre llevar bastón y pedir que alguien camine por nosotros.

El informe del MIT se detiene sobre una expresión particularmente inquietante: “rendición cognitiva”.

No significa utilizar inteligencia artificial. Significa algo mucho más humano: abandonar demasiado pronto el esfuerzo intelectual y aceptar una respuesta sin haber desarrollado suficientemente el juicio necesario para evaluarla.

Porque equivocarse tiene mala prensa.

Y, sin embargo, una parte considerable de nuestra inteligencia fue construida gracias a equivocaciones.

El alumno que resuelve mal un problema y descubre por qué estaba equivocado probablemente haya aprendido más que aquel que obtuvo inmediatamente la solución perfecta. La frustración, la duda, el ensayo y hasta ese momento poco elegante en que uno mira el techo esperando que aparezca una idea forman parte del aprendizaje.

La máquina puede ahorrarnos ese sufrimiento.

Precisamente ahí está el peligro.

MIT tampoco parece seducido por la solución policial.

Convertir cada aula en una aduana tecnológica, perseguir textos sospechosos y depositar una fe ciega en detectores automáticos de inteligencia artificial puede deteriorar algo esencial: la confianza entre quien enseña y quien aprende.

Sería además una ironía deliciosa: combatir el exceso de inteligencia artificial colocando otra inteligencia artificial a vigilar si los estudiantes utilizaron inteligencia artificial.

Faltaría solamente una tercera máquina que vigilara a las dos anteriores.

El camino que plantea MIT es bastante más complicado porque obliga a revisar la educación misma: qué se enseña, cómo se enseña y, especialmente, qué significa demostrar que alguien ha aprendido.

Si una máquina puede producir un ensayo impecable, quizá el ensayo entregado ya no baste.

Habrá que conversar con el estudiante. Pedirle que explique. Que defienda. Que relacione. Que demuestre cómo llegó hasta allí. Recuperar proyectos, experiencias prácticas, discusión, comunidad, trabajo compartido y contacto humano.

En otras palabras: cuando resulta difícil saber quién escribió la respuesta, habrá que volver a mirar quién comprende la pregunta.

Y aquí el asunto abandona el campus universitario.

Porque la rendición cognitiva no amenaza solamente al muchacho de veinte años que tiene examen el viernes.

Nos amenaza a todos.

Al periodista que pide una conclusión antes de leer los documentos. Al abogado que acepta una jurisprudencia sin comprobarla. Al médico que confunde asistencia con diagnóstico. Al funcionario que recibe un resumen y deja de abrir el expediente. Al ciudadano que solicita una opinión prefabricada para ahorrarse la incomodidad de formar la propia.

Y también, naturalmente, a quienes trabajamos todos los días con inteligencia artificial.

La cuestión nunca debería ser cuánto puede hacer la máquina.

Cada mes podrá hacer más.

La pregunta verdaderamente incómoda es qué cosas debemos seguir haciendo nosotros aunque la máquina pueda hacerlas mejor, más rápido y sin pedir café.

Pensar puede convertirse técnicamente en algo opcional.

Pero una sociedad que empieza a considerarlo innecesario habrá confundido progreso con renuncia.

La inteligencia artificial puede ser un extraordinario compañero de viaje. Puede ampliar conocimientos, descubrir relaciones invisibles, democratizar herramientas que antes estaban reservadas a especialistas y permitir que una persona haga cosas que ayer requerían un equipo entero.

Pero el compañero de viaje no debería terminar ocupando nuestro asiento.

El MIT, una de las casas donde se ayudó a construir el mundo tecnológico que hoy habitamos, parece haber comprendido una paradoja formidable: cuanto más inteligentes sean nuestras máquinas, más importante será enseñar a los seres humanos a no entregarles aquello que los hace humanos.

No necesitamos alumnos capaces de competir con una inteligencia artificial.

Probablemente perderían.

Necesitamos personas capaces de utilizarla, discutirle, desconfiar de ella, corregirla, aprovecharla y, llegado el caso, cerrar la pantalla y decir:

Ahora me toca pensar a mí.

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Fuentes: MIT — Ad Hoc Committee on AI Use in Teaching, Learning, and Research Training; MIT Office of the President, 25 de agosto de 2026

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